Hannah Arendt va escriure que el mal no sempre té rostre monstruós. De vegades és només un funcionari que segella papers, un militar que obeeix ordres, un engranatge disciplinat dins d’un sistema que ha decidit que alguns humans són prescindibles. A això ho va anomenar banalitat del mal. I abans, en Els orígens del totalitarisme, havia parlat del mal radical: aquell que ja no es pot explicar amb motius humans recognoscibles.
L’article original —signat per -Paulo Slachevsky— parteix d’aquestes idees per descriure com els sistemes polítics poden convertir persones en sobrants. Va passar amb el nazisme, quan jueus, gitanos i dissidents van ser deshumanitzats fins a l’extermini. I passa encara avui, en formes diferents, quan un estat decideix que un col·lectiu és un obstacle, una amenaça o una molèstia.
Slachevsky alerta que, vuit dècades després d’Auschwitz, el món contempla amb horror —i sovint amb indiferència— la destrucció sistemàtica del poble palestí. No fa una equiparació simplista, sinó que assenyala un mecanisme: la deshumanització com a tecnologia política. Quan un estat converteix l’altre en un no-res, tot esdevé possible: el bloqueig, la humiliació, la violència, la mortEl text també denuncia la confusió interessada entre crítica a Israel i antisemitisme, una equació que no només desarma el debat, sinó que erosiona la pròpia tradició cultural jueva, rica en corrents antisionistes i en moviments emancipadors com el BUND.
L’article conclou que la tragèdia palestina és una nova ruptura civilitzatòria, un punt d’inflexió que posa en qüestió el somni d’un ordre internacional basat en drets humans. I que, davant d’això, la solidaritat no és una opció moral: és una obligació política.
ISRAEL LA BANALIDAD DEL MAL Y EL MAL RADICAL
La idea de la banalidad del mal fue acuñada por Hannah Arendt tras los juicios al criminal nazi Adolf Eichmann en Jerusalén a inicios de los años 60. No es necesario ser un psicópata o un «pozo de maldad» para llevar adelante los más horrorosos crímenes y un genocidio. Un simple burócrata o militar, obedeciendo las órdenes y las lógicas del sistema, es capaz de transformarse en un genocida.
Una década antes, en su libro Los orígenes del totalitarismo, Arendt usaba más bien el término «mal radical»: «Y si es verdad que en las fases finales de totalitarismo aparece este como un mal absoluto (absoluto porque ya no puede ser deducido de motivos humanamente comprensibles), también es cierto que sin el totalitarismo podríamos no haber conocido nunca la naturaleza verdaderamente radical del mal».
Si bien los conceptos de «mal absoluto», «mal radical» y «la banalidad del mal», responden a comprensiones diferentes y en tensión en torno a las experiencias límites del horror, su práctica se instala, como señala Hannah Arendt, cuando un sistema hace superfluos a los seres humanos, inútiles, prescindibles, reinando la inhumanidad. Fue el caso bajo el nazismo donde los judíos y gitanos eran considerados infrahumanos, peligrosos, antisociales, y podían ser tratados como animales. No tuvo límites la crueldad entonces, desde la humillación primera a través de las caricaturas e insultos en la prensa, las golpizas y la tortura, hasta el exterminio a través de las ejecuciones masivas, los campos de concentración y las cámaras de gas. Ese «otro», judío, gitano, comunista, había perdido toda dignidad y humanidad ante los ojos del opresor, y era posible hacer cualquier cosa de él.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, tras salir de la pesadilla de los campos de exterminio y los millones de muertos de la guerra, se buscó instalar un sistema jurídico internacional de derechos humanos que ayudara a prevenir que tales crímenes se repitieran, pero lamentablemente, bajo diversos métodos y expresiones, durante toda la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI, hemos sido testigos de cómo los genocidios y/o crímenes de lesa humanidad se reiteran. Lamentablemente, las prácticas de dominación que se construyen sobre la creación del enemigo interno o externo que justifica el odio, la deshumanización y el exterminio, se perpetúan; basta ver nuestra propia historia y los crímenes de las dictaduras latinoamericanas.
Sin embargo, pese a esa presencia constante del mal como sistema político en la historia contemporánea, de la cual el colonialismo es una de las más brutales expresiones, una y otra trágica realidad no son igualables, dominando la percepción de la experiencia nazi como expresión del último círculo del infierno por su nivel de planificación y sistematización del terror y exterminio, extremando las prácticas de horror implementadas en el mundo colonial. Auschwitz constituye una ruptura civilizatoria del Siglo XX: hay un antes y un después. Es en tal sentido devastador que hoy en día, ocho décadas después de que cayera derrotada la Alemania Nazi, Israel, el Estado que se reclama ser el representante de una de sus principales víctimas –los judíos–, repita el modelo deshumanizador y de exterminio de los nazis con el pueblo palestino.
A diferencia del genocidio de entonces, que se llevó adelante en secreto y bajo un régimen totalitario, hoy el exterminio se ha convertido en un espectáculo, y lo conducen autoridades de un país que se dice democrático. Las evidencias están a la vista de todos, aunque muchos se nieguen a reconocerlo, y que día tras día el ejército israelí asesine a periodistas y comunicadores que registran los hechos. Desde la total deshumanización de la población palestina, con los recurrentes insultos y caricaturas en gran parte de la prensa y política israelí, la tortura y opresión cotidiana, hasta el planificado y sistemático exterminio y la limpieza étnica con apoyo de todos los adelantos tecnológicos, incluida la Inteligencia Artificial, que se lleva adelante en Gaza y Cisjordania, la matanza prosigue.
La gran Alemania, sueño de Hitler, se refleja hoy en toda la prepotencia del «Gran Israel», abiertamente defendido por Natanyahu y el sionismo. Estamos frente a un estado «Terminator» en Medio Oriente, buscando destrozar todo a su alrededor, incluido el Líbano e Irán. La tragedia de Gaza se constituye así en una nueva ruptura civilizatoria con la complicidad e inacción de Occidente, donde en vez de castigar a los criminales, se les entrega armamento mientras se reprime la solidaridad con los oprimidos. De este modo, se está enterrando el sueño de un orden jurídico internacional, fundado en el respeto de los derechos humanos, que haga el mundo más humano y vivible. La fuerza bruta, la tecnología y las armas son los dioses que se adoran, exigiendo al resto someterse.
La obstinación y manipulación sionista que busca igualar Israel y todos sus crímenes con «lo judío», y a las resistencias a ese estado criminal con el antisemitismo, fomenta en los hechos el antisemitismo, pues favorece la confusión entre la legítima ira contra esa crueldad criminal que expresa Israel –una sociedad supremacista y desquiciada en su inhumanidad–, con las y los judíos en general. Los artífices de esa falsa equivalencia entre lo judío e Israel, no solo son ejecutores y/o cómplices del crimen contra el pueblo palestino y del caos y destrucción de Medio Oriente, sino también de la de ruina de la cultura e historia judía.
Como ciudadanos del mundo, no podemos quedar indiferentes ante ello: es imprescindible sumarse a la solidaridad internacional con Palestina. Para quienes tenemos origen judío, es imperativo recuperar las banderas del antisionismo que fueron tan fuertes y significativas entre la población judía antes de la Segunda Guerra Mundial, y manifestarse como lo hacen numerosas/os jóvenes a través del mundo, movilizándose a la vez por una Palestina libre. Ejemplos no faltan para pensar en modos de organización judía articuladas en torno a la lucha contra la opresión, basta recordar el BUND, el partido socialista judío más grande del Yiddishland, zona de Europa del Este donde se concentraba una gran población judía, organización que logró la mayor votación judía en las elecciones del año 1938 en Polonia, justo antes de la Guerra, aunando la lucha antinazi, antifascista y antisionista. Luchas que vuelven a cobrar plena vigencia.
Ante este panorama desolador, las resistencias y las batallas por la memoria y la justicia han sido claramente una luz de esperanza. La lucha de las y los palestinos, «Los indios de Israel» como titula su libro Juan Fujita, o «las víctimas de las víctimas» como expresara Edward Said, igualan el heroísmo y entereza de los insurrectos del Gueto de Varsovia. Al otro lado, el «sistema sionista» es hoy expresión del «mal radical», como de la «banalidad del mal», en la peor de sus manifestaciones, equiparándose al nazismo en pleno siglo XXI.


Creo que el libro que tienes entre manos, el de Hannah Arendt, es esclarecedor.
ResponEliminaSe entiende bien el proceso.
Salut